Regina Viarum Mencía 2024: Historia y paisaje en la Ribeira Sacra

Regina Viarum · La bodega que mira al abismo

Regina Viarum

La bodega que mira al abismo · Historia, piedra y vino en los cañones del Sil

Hay lugares donde la geografía se niega a ser domada. Los cañones del río Sil, en la Ribeira Sacra, son uno de ellos. Durante siglos, los viticultores de Amandi han esculpido la roca para sostener diminutas parcelas de viñedo que se asoman al vacío. Allí, donde la pendiente supera el sesenta por ciento y la mecanización es imposible, nace el vino de Regina Viarum. No es solo vino: es el testimonio de una relación milenaria entre el ser humano y una ladera imposible. Cada botella contiene el esfuerzo de generaciones de vendimiadores que, a mano, con cestas a la espalda o ayudados por pequeños raíles, bajan la uva hasta la bodega. La añada 2024, fresca y equilibrada, es una nueva página de esa larga historia.

🪦 La Vía Appia del Noroeste

En el interior de la finca, la bodega ha recuperado un tramo de calzada romana que formaba parte de la Vía XVIII o Vía Nova, construida en el siglo I a.C. para unir Bracara Augusta (Braga) con Astorga. A lo largo de unos 800 metros, se pueden pisar las mismas losas que pisaron legionarios y comerciantes hace dos mil años. En el punto más alto, se levantó un arco de piedra que enmarca el cañón. Quien camina hasta allí descubre una panorámica que no ha cambiado desde la época romana: el río abajo, las viñas escalonadas y el horizonte de montañas. No hay recreación histórica ni invención: es el mismo paisaje que contemplaban los romanos cuando transportaban el vino de estas laderas en ánforas.

⛪ Los monjes y los bancales

Antes de que existiera la denominación de origen, antes de las bodegas modernas, fueron los monjes de los monasterios cercanos —San Pedro de Rocas, Santa Cristina de Ribas de Sil— quienes mantuvieron vivo el cultivo en estas laderas. Durante la Edad Media, construyeron los primeros bancales de piedra seca, los socalcos, que aún hoy sostienen las cepas. Algunos muros tienen más de ochocientos años y siguen en pie. En los documentos del monasterio de San Pedro de Rocas, conservados en archivos eclesiásticos, aparecen citadas estas viñas colgantes desde el siglo XII. Los monjes llamaban a este lugar el balcón de Dios, porque desde las viñas se veía el río y el cielo al mismo tiempo.

🚡 El funicular

Desde 2005, la bodega utiliza un pequeño funicular sobre raíles para descender la uva desde las parcelas más altas hasta la carretera. Es uno de los pocos sistemas de este tipo en Galicia y evita que los vendimiadores tengan que cargar con las cajas durante cientos de metros de pendiente. El recorrido, de casi cuatrocientos metros, salva un desnivel de ochenta metros. Durante la vendimia, los racimos viajan en pequeñas vagonetas que avanzan lentamente entre los muros de piedra. Los vecinos de la zona lo llaman o trenciño. Es una herramienta de trabajo que habla de la dificultad del terreno: en las laderas del Sil, hasta la uva necesita un ferrocarril.

“La pizarra absorbe el sol de día y lo devuelve de noche · Las cepas beben del río sin verlo”

🏺 Lo que la tierra devolvió

Durante las obras de acondicionamiento de la entrada, los operarios encontraron una gran piedra enterrada. Al limpiarla, aparecieron letras: era un miliario romano, una columna miliar que marcaba las distancias en la calzada. La pieza, de granito, tiene grabados parcialmente legibles y hoy se exhibe en el jardín de la bodega. No es una réplica ni una invención: es un testimonio arqueológico de la presencia romana en el valle. Junto a él, en distintos puntos de los bancales, han aparecido fragmentos de ánforas de tipología romana, de las que se usaban para transportar vino y aceite. Algunos fragmentos están expuestos en la sala de catas. Quien los observa puede imaginar el mismo vino, el mismo río, veinte siglos atrás.

🗿 Regina, la reina del vino

En 2022, el escultor vigués José Molares recibió el encargo de crear una figura que presidiera la entrada de la bodega. Durante meses, Molares observó a los vendimiadores, estudió los pliegues de la piedra y la luz del cañón. El resultado fue una escultura de bronce de casi dos metros de altura: una mujer con rasgos serenos, que sostiene un racimo de uvas en una mano y con la otra señala el paisaje. La llamaron Regina, por el nombre de la bodega, que a su vez honra a la calzada romana. La estatua se alza sobre un pedestal de granito, mirando al río. Quien llega a la bodega la ve primero, antes de entrar a la sala de catas. Es una imagen ya familiar para los visitantes.


🥂 Regina Viarum Mencía 2024

La añada 2024 se presenta con un color cereza picota de capa media, ribete violáceo. En nariz aparecen frutos rojos (frambuesa, grosella), un fondo floral de violetas y ese punto mineral que recuerda a la pizarra mojada que caracteriza a los vinos de Amandi. En boca es fresco, de paso ligero pero con sustancia, tanino fino y una acidez vibrante que invita a comer. No ha visto madera: ha fermentado en acero y reposado sobre lías finas para ganar volumen sin perder expresión varietal. Es un vino para beber joven, que refleja el año y el lugar. Los enólogos que lo han probado destacan su equilibrio, fruto de una vendimia escalonada y una maduración pausada.

🐙 En la mesa

El vino encuentra su mejor compañía en la cocina gallega tradicional. Con el pulpo á feira, la acidez del vino limpia el paladar y realza el pimentón. También con lacón con grelos, empanada de sardinas o un queso Tetilla curado. Por su ligereza, admite pescados azules a la plancha, como sardinas o xoubas. En la bodega, durante las visitas, suelen ofrecer una tapa de embutido de la zona para acompañar la cata.


📌 Visitar la bodega

Regina Viarum abre todo el año. Las visitas recorren la calzada romana, el mirador del arco, la sala de barricas y terminan con una cata comentada. Es necesario reservar con antelación. Desde el mirador se ven los bancales y, abajo, el Sil. Los guías explican la historia del lugar sin necesidad de inventar nada: la piedra, el río y el vino hablan por sí mismos.